El día 15, mi madre y yo, salimos para Madrid, llegamos una hora antes a la estación por una equivocación de los teleoperadores de RENFE, esperamos esa hora acompañadas de vecinos del pueblo que se marchaban a Valencia.

Una de las parejas eran gente del pueblo que había ido a vivir a Mallorca hacía ya 30 años. Estuvieron recordando viejos tiempos, decían acordarse de mi madre cuando era adolescente, contaron sus batallitas y finalmente me enteré, de que las otras dos mujeres eran familia nuestra. Batallitas pueblerinas.

Salimos para Madrid, en el trayecto del viaje, mi madre y yo hablamos de nuestras cosillas. Yo estaba como con cierta sensación de ansiedad, expectante por mi visita a la capital; emocionada por haber llegado el momento que, durante meses, había estado esperando: pasar unos días en Madrid con ella y ponernos al día. Me apetecía y lo necesitaba.

Llegamos a Chamartín, tomamos un café y unas tostadas en un barecillo al que suele ir ella todos los años que va a la Feria de muestras y nos dirigimos a IFEMA.

Pateamos una decena de inmensos pabellones con numerosos stands. No había mucha novedad, la verdad, un cero de ‘nuevas tendencias’, todo repetido, nada que llamara la atención y en comparación con otros años, nada de gente.

Por la tarde, tras la comida, dimos otra vuelta, y al cruzar de pabellón a pabellón nos encontramos un stand de sillones de masaje, mi madre los probó, como muchos de los que pasaban por ahí, mientras yo me partía de risa de las caras que ponía. Al menos relajó un poquito la espalda. Una gozada de sillones, caros, pero prácticos.

Seguimos con la ruta, y en uno de los stand al aire libre, nos encontramos con Ángela Portero, la colaboradora de Dolce Vita, no es muy agraciada, pero mejor que en la televisión sí que estaba, las cosas como son. Bueno esta es una anécdota tonta.

Salimos de IFEMA, cogimos un bus repleto de gente que nos dio una vuelta por la ciudad, hicimos un trasbordo largísimo y finalmente salimos a la Gran Via, a la plaza de Callao.

Nos dirigimos al Hostal, dejamos las maletas y nos fuimos de bureo!!!

Cruzamos la plaza de callao, recorrimos la calle Preciados, paramos en casa Labra a tomarnos unas croquetas de bacalao y una cañita (las croquetas no eran lo que otros años) y llegamos a la Puerta del Sol.

Divisamos el panorama, había mucha gente y nos pusimos a escuchar una actuación de música en plena plaza.

Cogimos la calle arenal, nos tomamos un pinchito y seguimos paseando. De momento, en uno de los laterales de la calle encontramos el Palacio de Gaviria, más adelante el la Joy… dos discotecas famosillas de la capital, que yo pensaba que no estaban tan céntricas. Me gustó saber que estaban cerquita. La primera, era un antiguo palacio, como su nombre indica, dicen que es preciosa, a la próxima pasaré a visitarla.

La segunda, hacía esquina, torcimos y nos encontramos con una emblemática chocolatería en la plaza de San Ginés, era un rincón precioso. Nos sentamos ahí, mientras mi madre, ilusionada, me contaba que estábamos pasando justamente, por las calles en las que transcurren las hazañas del Capitán Alatriste, el libro que se estaba leyendo, ayer lo acabó.

Yo le comentaba que estaba fascinada de ver la ciudad, lo bonita que es, los rincones que tiene, y encantada de imaginar esas mismas calles unos siglos atrás.

Tras tomarnos el chocolate (que tenía un toque a licor que no me gustaba), torcimos por la plaza de San Ginés y nos encontramos otra calle más bonita todavía. Ahí había garitos muy chulos, barecillos donde, si tengo la oportunidad de volver pronto, espero tomarme una birrita. Había un ambiente genial, gente sentada en la calle, grupos de jóvenes pasándolo genial y buena música que salía de esos garitos tan diversos y con tanto encanto.

Seguimos la calle y nos adentramos en la Plaza mayor, una maravilla. Entramos despacito. De fondo el sonido de copas llenadas a niveles diferentes de agua, a modo de instrumento musical, que tocaba un músico y que daban un toque magnífico a ese paseo.

Al entrar en toda la plaza, nos encontramos al músico del instrumento medieval que me tocó cumpleaños feliz el año pasado por mi cumpleaños, emocionante esa situación. Un corro de gente grandísimo, la mayoría con el vello de punta y los ojos llorosos. Le fotografié y al finalizar de tocar ‘Para Elisa’ me acerqué a hablar con él, a decirle que gracias por regalarnos ese rato, le recordé que el año pasado le escuché en una situación similar y a pedirle que si, a la próxima, le podía hacer un reportaje. El chico muy educado me respondió amablemente que sí. Este año ya había sacado su disco.

A continuación, nos dirigimos a ‘Las cuevas de Luís Candela’ un antiguo bandolero que, según me contaron, robaba a los ricos para dárselo a los pobres.

Una vez que encontramos el lugar, concretamente situado en el arco de cuchilleros, oímos cómo una señora cantaba en un karaoke ‘La Zarzamora’ jejej… este momento fue total !!! Se respiraba un ambiente de fiesta divertidísimo. Nos asomamos mi madre y yo y acabamos bailando al son de la música, entre carcajadas… de vernos a las dos bailando, como si estuviéramos solas, en plan guiri… no éramos las únicas a las que le dio ese punto. Muy bueno.

Seguimos por esa calle, nos asomamos a un tablao flamenco, no había mucho ambiente, y volvimos a la plaza Mayor camino de Callao. Llegamos al Hostal y hasta otro día.

Me gustó ese rato, me di cuenta de la cantidad de cosas que se pueden hacer en Madrid, hay miles de posibilidades, hay cien mil oportunidades de disfrutar del momento. Momentos de esos pequeñitos y sencillos que provocan sensaciones especiales. Es como una fuente de inspiración. Qué bonito !!!



A la mañana siguiente, día 16 de Septiembre, nos levantamos a eso de las 09.00, nos arreglamos y salimos a desayunar al Café Gijón. Una de las visitas que quería hacer hacía tiempo. Cogimos el metro, bajamos en Colón, nos dirigimos al Paseo de Recoletos, paseamos por el medio de la avenida por unos jardines con mucho encanto, nos hicimos unas fotos y de momento, ahí estaba, la fachada del Café Gijón, la reconocí por haber visto miles de fotos, y me di cuenta de que había pasado más de una vez por ahí cuando había visitado la ciudad por algunas excursiones.

Pasamos, era tal cual pensaba, como imaginaba, como había visto en fotografías de hace mucho años, intacto, con ese ambiente.

No había mucha gente, mucho mejor, así nos sentamos a gustito, cogimos una mesa del centro y nos pedimos el desayuno, desayunamos como ‘reinetas’ jejeje… Al marcharse uno de los grupos que estaban desayunando junto a una de las ventanas, pedimos al camarero si nos podíamos cambiar a otra mesa, para saborear el momento.

Desde ahí veíamos cuadros de picaso, retratos de escritores, la decoración del lugar, algunas placas que hablaban del origen del Café Gijón… y me llamó curiosamente la atención una de ellas, en la que decía que fue Fernán Gómez, en el año 71, si no recuerdo mal, quien creó un club literario, y que con motivo de uno de los aniversarios, recogieron en un libro todas las anécdotas que ahí se han vivido. Libro que me comparé, sin duda.

Nos hicimos unas fotos, escribí algunas cosillas y recibí el mejor de los regalos … mi madre, que disfrutó tanto de ese momento como yo, cogió un azucarillo , lo abrió y me escribió unas letras preciosas… Yo, como no, me puse tontorrona a llorar… me hizo sentir inmejorablemente bien. El azucarillo decía algo así como que ‘’le hacía mucha ilusión verme tan feliz con tan poco y que espera que algún día le lleve cuando mis sueños se hayan cumplido…’’ como para no emocionarse, nada me hubiera hecho sentir mejor en ese momento… cómo la quiero…

Bueno, después de ese momentazo recorrimos el paseo hasta Cibeles, a la derecha quedaba el comienzo de la Gran Via y a la izquierda la Puerta de Alcalá. Cogimos un bus hasta el campo de las naciones, donde estaba La Feria y recorrimos las calles viendo el Parque del Retiro, después parte del barrio de Salamanca, precioso y paramos en Arturo Soria para coger otro bus que nos llevara a nuestro destino.

Recorrimos otros cuantos pabellones, descansamos tomando una ensaladita y tras la comida seguimos la marcha. Esta vez encontré por esos lares a Parada, el de cine de barrio… viendo bolígrafos, ya ves.. jejej, me hizo gracia.

Nos fuimos de ahí, había poco tránsito de gente, llegamos tranquilamente al centro, cenamos en la Casa de la Cerveza y nos fuimos directamente al sobre, estábamos molidas.

A la mañana siguiente, mi cumpleaños, desayunamos en el Café de abajo del Hostal, fuimos a dar una vuelta por las tiendas, cargué con unos ‘trapillos’ a muy buen precio, recorrimos de nuevo la Calle Preciados visitando tiendas y volvimos a por las maletas para irnos hacia Atocha.

Una vez ahí, despedía a mi madre, que salía una hora y media antes que yo, y yo me esperé en el Jardín de Atocha, para coger mi tren. Compré el periódico y una revista muy buena de la Ciudad, y esperé a subirme al tren.

6 horas me esperaban de viaje, un viaje que fue largo, movido por los vaivenes… pero ameno por las numerosas llamadas que recibí de la gente que quiero. Muchos no pudieron hablar conmigo por la falta de cobertura, pero igualmente les agradezco el detalle.

Al menos vi Cuenca, su estación y sus alrededores llanos poblados de girasoles. Ahí hice mi última foto.

A las 21:55 h llegué a la estación de Valencia. Mis improvisadas e intensas minivacaciones habían acabado. Y yo, sigo encantada.

Esto es todo, ya no os hablo más de Madrid en mucho tiempo, lo prometo… perdonad, pero es que tenía la necesidad de transmitirlo.