Cualquier cosa que
rompa tu rutina ocurre in
esperadamente.

Eso que escuchas,
lo que observas, aquello que percibes e interpretas hasta el punto de casi
rozar tu propia sorpresa.

Un momento único,
una situación distinta, un estado de ánimo que ya ni recordabas.

Espacios de tiempo
que surgen con límites; el
propio tiempo marcado por la intensidad del momento;
algo que deseas que no acabe, pero que perdería su esencia si se prolongara.

Horas, minutos,
segundos de complicidad entre eso que se dirige a ti y lo que tú percibes.

Observas, escuchas,
hablas, olfateas o tocas. En ese momento impera lo mejor de ti.

¿Por qué tiene que
ser tan perfecto si no volverá a ocurrir?

¿Por qué los sentidos
captan sensaciones en ese instante que te llevan a descubrirte más y no en otro
momento?

¿Por qué aquello
que te estimula pierde cualquier atisbo de racionalidad en la medida que tiempo transcurre?

Ahí, es ahí donde
se puede admirar la genialidad del momento, y lo disfrutas. Es ahí donde se
admira la reciprocidad de sensaciones que se transmiten, lo pasajero, el
posible y ya esperado contacto.

Un momento único,
donde la imaginación no tiene límite, donde comienza el deseo, el sentido común
convertido en desenlace cuando podría ser un comienzo.

Un comienzo que no
empieza, pero que tampoco acaba.

Simplemente existe
ese nudo novelesco sin principio, ni final